martes, septiembre 05, 2006

Escuincle

Es muy fácil hacer feliz a un niño... y tan complicado que se vuelve después cuando crece.
Quizá nos volvemos más exigentes y no nos conformamos con cualquier cosa. O quizá sólo nos dejemos llevar por las circunstancias... pero la posibilidad de hacer feliz a alguien, incluso a uno mismo, siempre existe... pero ése es otro tema.
Hoy pude disfrutar de una sonrisa sincera, difícil de encontrar hoy en día... Tan sincera que me arrancó una similar.
Mientras venía mirando la nada a través de la ventana del transporte público, y pensaba en todo lo que ya no quiero en mi vida, él jugaba con el cristal. Le soplaba, ponía su mano y después se atacaba de risa.
Después de varios intentos por "limpiar" el vidrio, me dedicó una mirada. Lo miré y me reí. Pero para mi sorpresa, no correspondió a mi sonrisa.
Me indigné y pensé "pues él se lo pierde".
Casi a la mitad de mi trayecto se me antojó un dulce. Raro en mí, verdad... Uno de mis vicios es comer dulces, razón por la que siempre traigo alguno.
Para su fortuna, no sólo traía uno, sino varios chocolates y un chicle.
Después del desaire de la sonrisa ni voltié a verlo. Pero puso su cabeza tan cerca de los dulces, que no pude evitar mirarlo.
Abrí lo más despacio posible mi dulce... y lo miré. Volteó a verme y le ofrecí uno. Lo aceptó y de inmediato me sonrió.
No pude dejar de mirarlo, pero su madre, quien lo sostenía por la cintura, lo sentó en sus piernas y abrió su chocolate poco a poco, y después lo vi disfrutarlo.
Me regresó la mirada y puso su manita, de casi 1 año, sobre la mía.
Hice a un niño feliz y de paso él me hizo feliz a mí.

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